La buena lluvia

Siempre me ha gustado la lluvia, ya sea para sentirla sobre mí o percibirla; El aroma de la tierra mojada, el sonido de las gotas en el techo, o al caer a tierra en alguna poza. En mi caso, asocio la lluvia al momento de estar en un refugio, calentita y tomando té.


La primera vez que le confesé mi amor a alguien tenía unos diecisiete años. Era la época en que llovía de forma "normal" en Santiago. Desde la salida del colegio al paradero de buses caminé por el riachuelo que se formó en la calle, bajo una fuerte lluvia. Entonces no tenía paraguas e iba por completo mojada, pero me armé de valor y dije las palabras mágicas a mi acompañante. Él me rechazó.


Me fui a mi casa con un pedazo de mi corazón en cada mano, pero me sentí acompañada por el agua. Con el tiempo me tocó vivir otras situaciones parecidas bajo el sol de otoño, pero, sin nada que se mimetizara con mis lágrimas, me vi más expuesta y desolada. De ahí que le tenga cariño a la lluvia. Un manto de agua. Así es.


Desde hace unos años, la frecuencia y la intensidad de la lluvia en Santiago ha tendido a menos. A veces, viendo las noticias, he pensando que, más que el cambio climático, el problema es la actitud que mostramos ante ella. Apenas se vislumbra un chubasco se encienden las alarmas: "Nos inundaremos", "Vendrá con tormentas eléctricas", "Habrá aluviones, porque llueve donde no debería llover, "Llueve cuando no debería", "Arruinará mi paseo".


La pobrecita lluvia mira a las personas y le dice: "Yo no más les traigo agua para que beban, para sus ríos y sus campos", y la respuesta es "Así será, pero tú causas más daños que soluciones. Ojalá no vinieras, para que no se inunden nuestras casas ni nuestras calles. Para no tener que limpiar canaletas, ni retirar la basura o las ramas de los desagües", "Ándate al embalse y deja allá lo que traes". Lo más importante para el ser humano moderno es su propia comodidad antes que el sentido común. "Construiré mi casa aquí porque se ve bonito. No importa que sea donde antes hubo una quebrada. La naturaleza se tendrá que adaptar a mi obra e irse por el caminito que dejé por allá".


La buena lluvia, finalmente, pasa, pero la han prejuzgado y maldecido tanto que ella, para no molestar, deja caer unas cuantas gotitas. Las suficientes para no matarnos de sed, aunque en otras ocasiones se porta caprichosa, al sentirse menospreciada. Viene agazapada y en cuanto tiene ocasión, lanza todo lo que tiene de un tirón y sale corriendo. Después de todo, no le estamos dejando opción.


C. Blanca.

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