El Jardín

A mi padre siempre le gustó rodearse de plantas. En nuestro jardín delantero puso rosas, ligustrinas, un cerezo, un níspero, una granada de flor, entre otras cosas. Tuvo la suerte de que la casa se asentaba en lo que fue un generoso huerto, por lo que teníamos acelgas en el patio de atrás. Allí, él plantó más cosas aún. Frutales y plantas de ornamento.


Cuando podaba el parrón y demás árboles, me daba mucha pena. Pensaba que eso les dolía y que no debería hacerlo. Pero mi desconsuelo era más grande cuando talaban algún árbol, por el motivo que fuera.


Cuando tenía unos veinte años, descubrí que necesitaba un lugar propio para tener mis plantas. Me gustaban los rayitos de sol, los encontraba hermosos, sencillos, vibrantes. A los veintinueve me mudé a mi nueva casa, ya casada, y me encontré con un espacio pequeño para hacer mi jardín, pero tenía todo el entusiasmo y no me importó.


Si les dijera que me fue bien, les mentiría. Llegué a pensar que mi padre estaba bendecido por alguna especie de don, que todo lo que tocaba florecía, mas no a mí. Las plantas se me secaban y, peor aún, las que sobrevivían eran arrancadas por los perros.


Me costó tiempo darme cuenta que los perros grandes y los jardines no se llevan. Y que los perros necesitan espacio, por lo que tuve que cercar un lugar y acotarme a él. En estos días que los fuegos artificiales estallan en los momentos más impensados, ellos saltan la reja y hacen hoyos por doquier.


La tierra fue el otro problema. Mi casa estaba asentada, no en una huerta, sino en un lugar donde se acopiaban los ladrillos para construir esta población. Por eso, cada vez que hacía un hoyo, me salían trozos y más trozos de ladrillos. Poner mis plantas aquí era como dejar las raíces al aire. No les llegaba ningún nutriente. Las que no morían altiro, lo hacían con el exceso de humedad, pues la tierra era tan dura que apretaba sus raíces y no drenaba.


Eso me tomó mucho trabajo; ir cambiando la tierra, hacer compost, tierra de hojas.


También me fui dando cuenta de que había especies que se llevaban mejor con lo que yo les podía ofrecer, en particular las autóctonas. Mi historia con las rosas es tan dramática que la dejaré para otro día, pero ahora prefiero los cardenales, que vienen en bellos colores y soportan mejor las condiciones del clima de este mundo que nos tocó.


Pensé que podía ser una buena jardinera, porque sabía enterrar plantas y regarlas. Pero necesitaba saber mucho más si quería ver mis plantas crecer y llamar a las mariposas.


¿Por qué les cuento esto? Bueno, porque también pensé que por saber escribir y poder hacerlo con cierto estilo, ya podía considerarme una novelista, una escritora. Pero es un poquito más complejo. Me ha tocado aprender, leer, estudiar, investigar. No es sólo teclear y, tal como la jardinería, requiere de meses para ver el final de tu trabajo y vislumbrar si fue o no una buena idea.


Dicen que todo lo que se hace con amor está destinado a llenar el corazón. Sin duda. Hacer con Amor, estudiar con Pasión, aprender sin Mesura. No sé si en ese orden, pero algo así. Los jardines crecerán y los libros verán la luz.


Caro.

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