Cuestión de Actitud (relato)

Actualizado: 29 ene

Relato basado en Sintiendo Demasiado


Notas de autora:


Hoy soy feliz.

Como soy feliz, hago cosas felices.

Les dejo acá un fanfic (jajaja, volví a las andadas), de Sintiendo Demasiado, porque yo no más puedo plagiarme.



CUESTIÓN DE ACTITUD


Marcel Domínguez, un implacable abogado empresarial, con cara de pocos amigos y muy formal, entró a una farmacia. Esperó su turno y cuando fue atendido, le preguntó a la vendedora sobre cremas para cara.

—Mi esposa me pidió una para rejuvenecer, pero no me dijo qué marca quería. ¿Me puede usted aconsejar?

La vendedora lo miró, un poco descolocada. El enorme hombre había dicho todo eso sin expresión alguna. ¿De verdad estaba casado? Pobre mujer que aguantara a ese pelmazo. En fin, que ella no estaba para cuestionar, sino para vender.

Aconsejó a Marcel sobre marcas y le habló del Ácido Hialurónico. También le habló sobre la importancia de las rutinas de limpieza, por lo que, cuando Marcel salió del lugar, llevaba una inmensa bolsa con tónico facial, jabón especial para la cara, pétalos desmaquillantes, agua micelar, sérum, crema hidratante y crema para contorno de ojos. Según la vendedora, si su esposa tenía treinta y cuatro años, con eso tendría.

Lo que no sabía, es que esa edad la tenía él.

Una vez en casa, el abogado organizó sus compras sobre el lavatorio del baño y no comentó nada con Brisa. No necesitó hacerlo. La nariz de la mujer percibió algo extraño apenas él, en el segundo piso, abrió el tónico facial para aplicarse tras la limpieza. Brisa, de treinta y un años, se asomó a la puerta y observó a Marcel palmearse las mejillas y ponerse cremitas.

—¿Qué estás haciendo?

—Cuidando mi piel —fue la respuesta en un tono monocorde.

—Ah. Qué bien. Eso huele rico.

Marcel echó un breve vistazo a su esposa. Brisa estaba lista para dormir, a juzgar porque olía a pasta dental y también se había lavado la cara.

Brisa era su esposa hacía un año. Mientras él le sacaba veinte centímetros y tenía un cuerpo de hombros más anchos y angulosos, ella era menuda, suave y curvilínea. Una mujer que lo traía loco.

Al acostarse, un poco tímido, Brisa se le acercó. Lo olió como una gatita a su plato de leche y le hizo una caricia con la nariz.

—Hueles rico y estás tan suavecito… Ah… me encanta. Eso y todo lo demás.

Sonriendo, Marcel dejó que ella lo acariciara. Cuando, traviesa, Brisa pasó a la acción y tocó cierta parte de él, el abogado dejó su actitud pasiva y la atrapó bajo su cuerpo. Él no era suavecito. Era un hombre, y ya quería poseerla. Brisa se quedó quieta, suspirando al sentirlo alinearse y recibió su beso, antes de perderse en las profundidades del placer.



OoooOoooOoooOoooO


Un par de meses pasaron. Marcel despertó temprano, como solía. Aun no amanecía, por lo que estiró un brazo para encender la lampara de la pieza. Vio a Brisa dormir, con sus rizos disparatados enmarcando su rostro.

Él era unos años mayor que ella, pero alguien que le preguntó por Brisa se refirió a ella como «su hija». Eso hizo sentir a Marcel que se veía viejo. Como estaba acostumbrado a resolver sus asuntos solo, decidió rejuvenecerse con productos de belleza.

Notó que el aspecto general de su cara mejoraba, sin embargo, la gente seguía percibiendo a Brisa mucho más joven. Esa misma tarde, uno de sus colegas bromeó diciéndole que él era un asaltacunas, lo que acabó por amargarlo.

Tenía claro que nunca sería un actor de cine, pero no quería verse más viejo. Se compró otra marca de cremas, para probar y después, un aparato de luces que debía usar durante cinco minutos sobre su piel. Quizá no debió tomar tanto sol en los veranos de su adolescencia.


Una noche Brisa le preguntó que qué le pasaba. Ella no era idiota. Sabía que él no se estaba cuidando la piel porque sí. Tenía que haber una causa para tanta devoción.

Cuando Marcel le contó que le preocupaba parecer su padre, porque se sentía viejo, esperó que Brisa se riera y le hiciera alguna broma, que le dijera que era un tonto vanidoso o solo un idiota inseguro.

Brisa no se rio. Para ella, todo lo que le pasaba a Marcel era importante. No dijo nada, pero cuando él estuvo listo para acostarse, ella lo esperaba en la cama con su álbum de fotos. Le mostró una fotografía del día de su matrimonio.


—¿Te parece viejo ese novio?

Marcel miró con atención. Él se veía feliz y sonriente. Aún cuando su frente tenía unas cuantas arrugas por su expresión, parecía joven. Mucho más de lo que era. Con dulzura, Brisa le habló.

—Si te quieres seguir poniendo cremitas está bien, porque quedas muy suave y me gusta, pero si quieres verte más joven, ¿por qué no pruebas a sonreír más cuando no estás en casa? A nadie le hará mal si obsequias al mundo con una de tus sonrisas. Yo me declaro fan de ellas. Siempre he pensado que, cuando sonríes, es como si saliera el sol, y que si lo hicieras más seguido yo tendría que salir detrás de ti para espantar a las admiradoras que ganarías. Solo… deja que tus comisuras suban cuando quieras hacerlo. Así, como ahora. ¡Ah! Qué guapo eres. La edad es un asunto de actitud, ¿sabías?

Marcel quedó enternecido con el consejo. ¿Qué más podía esperar de su inocente esposa? Siempre pensaba que Brisa miraba el mundo de una forma muy dulce, hasta que recordaba las penas que había pasado; ella poseía una sabiduría en lo emocional que él no.

No miraría en menos su recomendación.


OoooOoooOoooOoooO


Días después, Marcel Domínguez entró a la farmacia. Tomó un par de cepillos dentales del estante y otras cosas. Esperó su turno para pagar y cuando la vendedora lo atendió, él preguntó:

—Mi esposa me encargó crema para el cabello, pero no me dijo la marca. ¿Me puede indicar cuál de éstos es mejor?

La vendedora lo miró de reojo. ¿Era el tipo del otro día? Sin duda. La misma voz y cara de amargoso.

—¿Qué tipo de pelo tiene su esposa?

—Rizado —indicó Marcel, haciendo una mímica con los dedos de vueltas descendentes.

—Ah, esta marca es muy buena, mejor que esta. ¿Algo más?

—Los cepillos… y ese chocolate que tiene ahí. A ella le encantan.

Al pensar en Brisa, en el gusto que le daría comer ese chocolate, Marcel sonrió por anticipado. Esta vez no se atajó por estar en público. La vendedora lo miró, boquiabierta. Marcel notó el gesto, pero, discreto, no lo dejó entrever. Solo mantuvo su sonrisa.

—Soy un hombre enamorado de su mujer—confió.

—¡Oh! —terció otra vendedora, que pasaba por ahí y lo escuchó—. Su esposa debe tener mucha suerte. ¡Con lo que cuesta que los jóvenes de ahora se comprometan en algo!

Un joven comprometido. Marcel asintió, feliz. Brisa tenía razón. Una sonrisa cambiaba todo. La vendedora que lo atendía recibió el pago y lo vio salir de la farmacia, sin decir nada. Una vez él se fue, ella se permitió soltar el aire que había contenido.

Ay, Dios…

Ese hombre… ¿tendría hermanos solteros?


Fin



©2021 Caro Blanca

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