Cambiando los gustos



Cuando tenía entre quince y veinte años, consumía muchas novelas del tipo Harlequín, Julia, Bianca, Superromance. Eran lecturas ligeras, que me demandaban dos horas por historia. Cuando estaba de vacaciones, leía de a dos al día. Acompañaba a mi mamá a la feria para comprar más o intercambiarlas.


Entonces... digamos que entonces aún tenía una excelente memoria, así que me bastaba ver la portada del libro para recordar si lo había leído o no. Mi mamá no podía.


Un día, una vecina nos vendió su colección. Más de cien. De más está decir que las leí todas.


Mis historias favoritas eran aquellas donde las protagonistas eran divertidas, despistadas y poco sexis. Si se vestían como hombre, mejor aún. Y si las escenas de sexo eran abundantes y bien narradas, entonces era que había encontrado mi novela favorita. Mientras más osada, mejor.


En ese contexto, encontré en cierta ocasión la historia de una muchacha muy tranquila, muy racional y dulce, que se enamoraba de un profesor universitario. Ella no era bonita, y este profe necesitaba a una cocinera en su mansión para que se ocupara del alimento de su familia. Según la joven, como él tenía a una novia que parecía modelo nunca la miraría a ella, por más que se esmerara en prepararle un rico guisado y se hiciera amiga de sus pequeños hijos, frutos de un matrimonio anterior.


La novia modelo le hacía la vida miserable a la chica, pero ella todo lo resolvía sin hacer demasiado drama. Conforme avanzaba la calma historia, yo me jalaba de los pelos. ¿Y la declaración de amor con la consiguiente escena de sexo? Yo estaba llena de hormonas y ningún novio a la vista. Al menos, en la imaginación, quería tener un poco de diversión. Me lo merecía.


Pues bien, en la penúltima hoja el tipo le decía a la cocinera que la amó desde el momento en que la vio y que por eso se la llevó a su casa, para que se enamorara de él (Aaaawww). Después de eso él la abrazó y... Fin.


¡Rayos!


Di vuelta la página, repasé el texto (en una de esas se me había pasado algo), pero nada. Ni un mísero beso. Rabié, odié a la escritora (Betty Neels), no entendía cómo diablos. Tuve que empezar otra novela esa misma noche y me dormí cuando llegué a una candente escena aceptable.


El caso es que, días después, me encontré con un libro parecido. Esta vez, la chica dulce era la hija del vicario del pueblo, y trabajaba para el doctor, como recepcionista. Ella se enamoraba de él, pero él jamás la miraría porque tenía a una guapa novia indolente, en tanto que ella misma era poco agraciada. 128 páginas después hubo una declaración de amor, aunque al menos aquí si hubo un besito.


Yo me pregunté que qué diablos con esa autora, jajaja. Llegué a una tercera novela de una chica dulce que se enamoraba de un tipo algo mayor, calmo y racional, que al final también la quería.


Conforme fui cumpliendo años y teniendo parejas, las escenas de cama ya no eran un misterio para mí y me fue dando lo mismo si una novela las tenía o no. Incluso, ha habido ocasiones en que ya de plano he pasado de algunas (en la medida en que no son necesarias para la trama). Sin embargo, me pasa que esas historias de la chica dulce y el tipo calmo me encantan. Cómo quisiera yo escribir un romance así, que se cocine a fuego lento, a punta de miradas, de acciones, de declaraciones no dichas y ese tipo de cosas... bueno, supongo que porque así me pasó a mí, porque... Argh... me estoy desviando del tema.


El caso es que antes disfrutaba más de otro tipo y tono de lecturas. Y no está mal. Voy cambiando y también mis intereses. Y le pasa a todo el mundo. Y debe ser por eso que ahora me gustan tanto las novelas de Betty Neels, las de aviones de Robert Serling (aunque tengo pánico a volar), Hilda Rojas Correa y Marifer Jorquera.




Que tengan un buen fin de semana.


Caro Blanca.







16 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo